Hace años que no me paro en la iglesia. En algún momento, entre mi bautizo y la tambaleante juventud perdí la fe. Hubo varias personas que intentaron restaurarme, evangelizarme incluso, que no podían soportar ni entender que se podía concebir la suerte como nada más que un inaccesible destino. Pero al final solo hay una manera de sentir propia la vida.

Me dejé llevar por un infundado rencor a mis padres que nunca pude enmendar, pues el infarto fulminante en el adiestrado corazón de mi padre no me dio la oportunidad. Y en la desesperación de mi madre no fui capaz de hacer las paces antes de que ella también se fuera.

Tampoco volví a pisar la cabaña de mi abuelo en medio del Desierto de los Leones, con sus cuartos oscuros y extensos, repletos de libros, mis únicas exploraciones de la Tierra Media. El único momento en mi vida en el que pude perderme entre dinosaurios, planetas, océanos, hongos, árboles, animales e historias. Nunca más volví a perderme en pesadas enciclopedias ni laberintos, en las texturas entomológicas y los periódicos matutinos.

Un elefante de la India, de madera pulida y detalles de ónix, eso es todo lo que me quedaba como recuerdo de mi vida anterior. Uno que compré en las últimas vacaciones a las que fuimos con mis padres, bajo la promesa de que el olor a sándalo le duraría toda la vida. No sé por qué le agarré tanto cariño, supongo que es de esos objetos que representan una sensación completa, que están cargados de significado y que sabía que pertenecía a mi buró, que era lo primero que veía al despertar.

Así, con un café en la mano, con rencores hacia el pasado, se fueron mis días. En algún punto me despegué del impuesto camino y quedé a la deriva. Y ahora mi único arrepentimiento es el no haberme escuchado antes, el haber confiado en mi hermano, que tan inocentemente ocultó los indicios de su traición, del dejar que la voluntad de mis padres se perdiera en el ruido de la ausencia. Después de enterrar a mis padres y en medio del dolor y el completo entumecimiento por su partida, ni siquiera me enteré de cuando me llamaron para el testamento, de las palabras de los abogados, de las firmas que me pedían y las palabras sin significado que me decían.

Ya cuando menos me di cuenta, no tuve remedio más que sostenerme a base de limpiar la casa, a lavar las calcetas sucias, los platos cochambrosos, a dormir en una esquina de lo que creía por derecho era mi hogar. Lo que empezó como un favor y apoyo terminó en una tentación latente de agarrar las joyas y los collares, de exigir que me subieran la mesada, de extraer un poco del perfume tan caro de Susana, mi tocaya, la que antes de ser mi cuñada alguna vez consideré mi amiga, la que ahora solo me miraba con desprecio por haber cometido el impensable pecado de haber descendido al abismo de la clase social.

Durante años viví en una inquieta desesperación por empezar de nuevo. Por haber sido más cariñosa con mis padres, por haberles quitado a toda costa esa estúpida idea de la cabeza de que la herencia se le queda al hijo más chico solo por haber nacido al último.

Por eso ya solo me queda ver con regocijo hacia las llamaradas, después de servirle tanto tiempo a mi hermano, el cocinarle tan seguido alcachofas y romeros que yo tanto detestaba mientras él se iba a la oficina por meses a fingir que todavía trabajaba, mientras los recibos sin pagar se iban acumulando por su ineptitud. Y las voces externas hacían murmullos que se acrecentaban en cada reunión familiar.

Pero en medio del fuego ya no importa nada, ahora Susana sentirá una pieza de mi desesperación al ver su bonita torre de departamentos quedar inhabitable, sus prendas que decía que no me iban entre el humo y las cenizas. Aprieto el elefante que siempre estuvo en mi buró con delicadeza en mis manos, pues es lo único que sobrevive como recuerdo de ellos.