Joel sale de prisa caminando, se siente sin rumbo, se dirige hacia el metro. Tiene que huir de su cuarto, sabe que quedarse ahí más de un día seguido es peligroso, estar encerrado es el ritual de invocación de todos los demonios invisibles e insonoros.
Es de noche, siente algo parecido al dolor, se percata de que no suele vivir de noche, que cuando la luz se va la vida pasa a segundo plano, le entra una imperante sensación de escapar, tan automática que ni siquiera la percibe. Ni siquiera en la tranquilidad del día está del todo seguro de que esté ahí.
Creía con seguridad que sería un pintor, pero su adicción lo privó de siquiera intentarlo –lo he intentado dejar decenas de veces, y he estado realmente cerca– se decía a sí mismo cada que recaía.
Puto asco, es la sensación que tiene atorada en la cabeza, en el cuerpo y en la conciencia, mientras recorre las calles a tropiezos, evitando las miradas ajenas, pisando las grietas, esquivando los charcos, saltando con torpeza las banquetas desniveladas por árboles con grandes raíces y colmadas con colillas de cigarro.
En la entrada a la estación Sevilla se le acerca un hombre que le pide dinero –voy pa' Toluca y no acompleto– le dice mientras le muestra unas monedas de 10 y 2 pesos. Joel se saca la cartera, le dice que no trae nada, solo un billete de 100. Se lo da y mientras extiende la mano se siente estúpido, era su único billete, 100 pesos es demasiado para un desconocido que ni siquiera se veía tan jodido. –No tengo dinero para estarlo regalando así, qué pedo– Piensa en pedir que se lo devuelva pero eso implicaría ponerse ahora en la situación de rogar, la ansiedad y humillación lo persuaden de cambiar de rumbo y maldecir a todo. –Eso te pasa por andar idiota– Se dice a sí mismo. Al menos ya hizo su buena acción del mes, y posiblemente de la vida.
¿Desde cuándo me pervertí? Se pregunta Joel después de haber dado una vuelta a la cuadra y por fin estar bajando las escaleras hacia el metro. Se pone cerca del vagón de mujeres, pero lejos de las vías porque tiene la sensación de que la ciudad es hostil y que si se descuida de más algún loco lo empujará y hasta ahí quedó su vida, culminada en nada.
Los vagones no están tan llenos, se siente un calor ahí abajo que se refresca solo cuando el tren viene y empuja el aire hacia todos lados. El sonido es ensordecedoramente caótico, la gente habla, Joel ve las mochilas, las miradas precavidas, a señores hartos de la vida, a niños que no saben todavía a qué futuro estarán condenados.
Una única batalla perpetuamente perdida, así se siente en ese momento. Ve pasar a una chica que se le hace atractiva, le recuerda a una exnovia, a Marta, lleva unas mallas opacas, un vestido visiblemente cosido a mano y una bufanda roja con rayas negras. De Marta ya solo recuerda pocas cosas, su gusto por los gatos, su depresión crónica, su extraña fijación por los vampiros y la vez en la que le contó que había visto un suicidio. Marta le había contado que en sus primeros días en París, vio cómo un señor de sombrero de copa y gabardina se aventó desde el techo de un edificio.
Lo recordaba porque esa época fue en la que se propuso ser pintor, ya lo había pensado antes, pero fue ese relato particular el que le dio el ímpetu de describir la extraña condición de tragedia.
¿Y qué había pasado? Absolutamente nada, Joel le seguía temiendo al lienzo, lo mismo que le temía al conflicto y a lo incierto, por eso había terminado trabajando en el mediocre despacho de su padre, que le consumía toda gota de voluntad.
Ahora Marta estaba olvidada, al igual que el señor de sombrero y gabardina, que seguramente por eso se suicidó.
Después de entrar al metro y ponerse en una conveniente esquina, agarrado del barandal de arriba, con cuidado de no tocar con la palma de la mano porque estaría lleno de gérmenes, analiza brevemente el ademán de los demás pasajeros
–Si hay algo que me jodió es la religión, esa culpa persistente que me instauraron mis padres para controlarme, y que nomás no me puede sacudir.–
Se capta pensando de repente, uno de esos pensamientos automáticos que parecen venir de algún cuarto adyacente y sigiloso.
Joel era religioso de niño, siempre le tuvo envidia a los monaguillos. Nunca se atrevió a ser uno, nadie jamás se lo propuso, tampoco era tan religioso como para pedirlo. Sufría durante los días por no ser capaz de expresarlo, un miedo absoluto al rechazo, incluso de peticiones tan banales como esa.
Levanta la cabeza un momento, ve cómo un niño lleva una tablet roja, es demasiado grande, apenas y le cabe en las manos, va sentado en el asiento reservado, con restos de helado seco en la comisura de los labios. –Tan chiquito y ya lo están apendejando– Piensa Joel, que desde que tuvo acceso a internet, no habrá pasado más de unos días horas sin entumecer sus ideas y sentimientos. Ve con dificultad en la esquina de la tablet la hora señalada con números demasiado pequeños, eso le frustra.
Otro día perdido, se siente maldecido por tener memoria, por poder recordar tan breves instantes de su pasado, pero sin poder volver a ellos, ni quitárselos como distracción perpetua. De repente piensa en su padre, en cómo lo resentía por no haber sabido acercarse a él, por sentir que lo había dejado a la deriva. Desde hace años lo percibía, sus mayores problemas estaban gestándose ya desde hace tiempo.
El metro se detuvo bruscamente, Joel, que iba agarrado solo con un poco de fuerza de la muñeca y teniendo el brazo medio estirado posado en el asidero perdió el equilibrio y terminó con el codo en el rostro de una obesa señora, la había golpeado justo en la nariz. La señora lanzó mil maldiciones –hijo de tu reputisima madre– le dijo, mientras intentaba evitar que la sangre le escurriera tapándose con la mano
¿Querías comenzar a vivir? Pues aquí está de frente una amenaza de muerte, de la que no te puedes esconder porque te busca con furia.
Joel se disculpó una y mil veces, con la voz quedita pedía auxilio en la mirada de los indiferentes desconocidos. Sentía los rostros de juicio y macabra curiosidad, contentos de tener un poco de espectáculo para amenizar el trayecto.
La señora estiró el gordo brazo, intentando dar directamente con el pescuezo de Joel, que deseaba como nunca no ser tan flaquito y debilucho.
Las puertas del metro se abrieron, Joel huyó entre empujones, no sin antes recibir el impacto de un par de hombros en la espalda seguido de risas adolescentes.
Había logrado volver a perderse entre la multitud, donde él y la escena con la señora no sería más que un rastro de polvo en las conciencias.
Salió de la estación, llegó a un desolado y poco iluminado parque. Vio un puente peatonal que lo llamó, sentía que la altura le daría un poco de la perspectiva que necesitaba. A medida que subía veía cada vez más envolturas, alguien había llevado arrastrando una bolsa de basura absolutamente repleta y llena de descompuesto, el olor del lixiviado era profundamente pútrido. Con cada escalón Joel sentía las nauseas acrecentarse en su estómago, las ganas de volver en la garganta.
Pero pasando el umbral del malestar llegó a un punto de calma, el olor seguía ahí, registrándose con la misma intensidad y repulsión, pero había logrado sacarlo de su cabeza. –Me siento como un mono.– Pensaba mientras metía la mano con cuidado para tomar un puñado de la basura.
Exhausto del esfuerzo que conlleva pretender toda la vida, sintió el silencio y pesar a su alrededor, sentía que no había nadie en la ciudad, posiblemente algún anónimo lo estaría observando detrás de la traslucidez de alguna cortina de los altos edificios.
Arrojó un par de latas aplastadas a un bote de basura debajo del puente, luego tomó un periódico, la hizo bolita y la lanzó con todas sus fuerzas hacia un puesto callejero de tacos que ya había cerrado. Sintió un sórdido dolor en el hombro al hacerlo.
Su mano derecha le asqueaba, quería desprenderla de su cuerpo, pero no podía hacer nada más que llevarla pegada. Así que la alejó lo más que pudo de su torso y su chamarra verde. Bajó del puente poco a poco, aliviado. Una sensación de cansancio le sobrecogió de repente. Llevaba semanas sin dormir bien.
Un gato desnutridamente gris se le acercó tímidamente, Joel habló con él un rato, incluso estuvo a punto de confesarle su adicción. A punto de descargar un poco de su conciencia en otra forma más pura. Pero la conversación giró catastróficamente hacia el hambre que ambos sentían.
El cielo oscuro hizo un estruendo que acompañó con una fuerte y repentina lluvia.
Joel se enjuagó la mano, se quitó el sombrero que se había puesto antes de salir con tanta prisa, ni siquiera se dio cuenta de que lo llevaba.
Siguió caminando cauteloso hasta llegar a un callejón. Gracias a la súbita iluminación de un rayo, vio al final del callejón una puerta roja. Aturdido por la curiosidad, estiró la mano para tocar la manija desgastada. Pero se encontró con que la puerta era solo un grafiti. Con ademán de abrirla, pasó los dedos por el carrasposo concreto. Por fin había llegado a donde debía.