Todo ocurrió en el pequeño rincón que se forma detrás de la puerta, en una casa oscura, tenuemente iluminada por la luz de la luna que reflejan los azules sobrios de las paredes.
Apenas más grande que un frijolito, que pudo caber perfectamente en la bolsa frontal de una camisa, las ramas de los ya hace tiempo talados árboles chocan contra el marco blanco de la ventana cada que el viento las incita.
El abecedario se imprimía a través de los dedos, que apretando los botones con firmeza producían sonidos en ese primer idioma todavía ininteligible que consuela hacia una atención plena. Son estos los bloques fundacionales del encierro.
Fue en las descoloridas calles de Tlaxcala donde terminamos por caer.
Como quien adopta una postura irreverente frente a la vida, no por convicción, sino por encargo, así se sentían los días, cargados de monotonía, de mandados y quehaceres. Como quien lava las cucharas solo de la parte del cuenco porque la empuñadura todavía se siente lo suficientemente limpia.
Vivía entre vestigios y verdades, porque uno se lleva siempre a sí mismo para reconstruirse en cada peldaño y en todo adoquín desalineado, en los pastos prominentes que desde hace décadas desean ser cortados, entre los perros callejeros que se olían las colas en manada pero sin terminar de prestarse ni entregarse del todo a la colectividad.
Chocando contra todo mueble en el montable rojo y su bastón, remediando cada descalabro con pegajosa cinta de aislar, intentando contener la energía interna que tenía hasta el derrumbe. Un impulso con las piernas siempre hacia el futuro. Pateando la traslúcida pelota morada hacia el recuerdo de una cuna disminuida.
En una apresurada caminata encontré el presagio, de la mano de mi abuela, dejándome llevar por un sentido de la orientación que todavía me hacía confundir guijarros con basaltos, e imaginar senderos entre malezas. Traído de vuelta solo por el dulce sabor de los barquillos que simulan ser helado.
Parado junto a los balaustres desgastados, con el óxido advirtiéndome sobre el paso del tiempo y la imperfección de la memoria, intuí que el recorrido se trata de giros y uno que otro mareo.
Con la mano extendida, decidido a balancearme, quería trasladar el peso todavía ligero hacia un lado más que el otro, quería sentarme en el pasto, ser mecido por el viento y acurrucado por el sol, echarme a dormir prevenido, pues la llovizna se aproximaba.
Abría pesados libros que desembocaban en laberintos, cuya portada reflejaba el brillo y la satisfacción de lo enigmático. Pintarrajeando todo alrededor con tímida alegría, llenando de geometría cada rincón, desperdigando los sartenes, trepándome en la silla para alcanzar las líneas angulares de los vasos de vidrio. Afilaba avioncitos debajo de la mesa, tratando con cautela a los chamacos que venían con deseos de amistad, intentando siempre dar vuelo al revuelo interno. Emulaba a mi papá.
Los días se desprendían poco a poco, y la pirinola artificialmente verde decidía qué clase de hipnosis nos mantendría el resto de la tarde entretenidos. Ideando saludos secretos que mantendrían a raya el complot de cada mañana. Demasiado absorto en el encierro de uno mismo, me esmeraba por quedarme pegado al trono igual de imaginario que de resbaladizo, solo para darme cuenta de que el mundo se estaba reconfigurando, que todas las mesas ya estaban llenas y ya era tarde para sumarse.
Nunca entendí por qué existían los confesionarios, pero ahora el concepto de descargar toda pena se hace tan evidente como necesario. Pues sin ello terminé buscando a la felpa y el inextricable moño todas las noches, acobijado bajo el sosiego de la luna, socorrido y a la vez herido por el sacrificio de mis padres. Tal vez fue cuando nació mi hermano, o cuando me metí al consultorio subterráneo de mi abuelo, imaginando monstruos en las manchas y rehuyendo a las telarañas entre los barandales.
Pero en un cálido fin de semana, rodeado de mi familia, durante un típico viaje en el coche, fui encargado de contar una historia, siendo inspirado a crear personajes e incorporar colores abstractos siempre presentes, y aquí llegó el intento de convertir al monstruo en mito.
«Te olvidarás de mí y comenzarás una nueva vida, más ligera», fue el encargo que le di al papel y la pluma durante todos esos días. Y ahora que por fin lo han cumplido, entiendo que todo escondite me lleva a mis mismos sueños y destierros.
Así, remitiéndome hacia esas primeras planas en la libreta azul rey e italiana, acomodado en las losetas como una cursiva, la televisión reflejándose en el rostro como guía y escape, esperando impacientemente a que dieran las ocho. Intentaba agarrar con firmeza el lápiz que terminaría por formar un callo en el tercer dedo después de escribir hasta poder enunciar una sola pregunta: ¿En qué momento aparece Cyrano?